Un ladron en mi fe. 8 de 12
Hoy he estado preocupada por algo, algo que me ha robado pequeñas pero importantes partes de mi día.
He levantado mi mirada al cielo, pidiendo a mi Padre esa ayuda, confiando en su cuidado y sé que Él no fallará.
Sin embargo, hay momentos en los que esa sensación de que hay algo importante y pendiente llega a mí como ladrón en la noche, buscando en los rincones robar mi fe.
Y allí estoy yo, queriendo sostener esta pequeña semilla. Sostenerla no es fácil: es pequeña y se pierde entre las esquinas empolvadas de mis dudas, donde yo solo sé recogerla de nuevo, limpiarla y buscar la forma de ponerla a salvo. La sostengo contra mi pecho, como quien sostiene una piedra de diamante rojo.
Quiero cuidarla y regarla para que crezca fuerte. Por eso me reafirmo como su hija, diciéndome que Él cuida de mí, que Él es el dueño del oro y la plata, de todo cuanto existe, que no me dejará sin nada ni a la deriva, porque Él es mi salvavidas.

Y con cada palabra que me recuerdo, mi semilla crece y crece. Crece y crece, y yo crezco con ella.
Él cuida de mí como cuida de las aves. Él cuida de mí como cuida de los animales y las flores.
Él cuida de mí. Mi Padre me ha dicho que me ama y está conmigo, y yo confío y le creo a mi Padre.
Le creo porque Él no me ha dejado. Le creo porque Él no me ha mentido. Le creo porque me ha amado como nadie.
Así, poco a poco, esta preocupación se va desvaneciendo de mi mente y corazón. Poco a poco, esta semilla regada de vida se vuelve una gran planta, como la de Jack y los frijoles mágicos; ya solo queda escalar por ella con esa misma fe.
Y aunque la preocupación quiere volver y rehacer su intento de robarme mis momentos, la detengo sabiendo que mañana algo nuevo pasará.
Sabiendo que mi Padre sabe que lo necesito. Sabiendo que soy más importante que un ave y más amada que una flor.
Le creo. Le creo. Le creo a mi Padre, le creo.
Yo soy su hija amada.


