ENCUENTRO – Parte 2
Entre él más se acerca ella más se funde con su desvalijado collar. Él aprieta el paso. Ella lo nota. Está ya a dos o tres pasos de su encuentro. Ella se descompone por completo y grita:
— ¡NO, NO, ¡NO TE ACERQUES MAS! —
Él se detiene. La mira con una sonrisa, no le sorprende su proceder.
—¡Perdona!, estoy tan emocionado de verte, que olvide preguntarte si me dabas permiso, de acercarme—
—¿Permiso? — nadie nunca le pidió permiso para acercarse.
—No te conozco, no sé quién eres, y me dices que me esperabas, no sabes quién soy.
—No lo sé ni yo. Piensa
—Pero yo sí, se quién eres. —le dice este hombre interrumpiendo sus pensamientos.
Se siente tan confundida e intenta pensar por un momento con calma y para ella. En el fondo de su corazón sabe que por alguna razón este hombre sabe lo que piensa. O lo que va decir. O ambos, lo que le da un toque de calma.
Vuelve sus ojos a él mientras busca una coherente respuesta a todo este episodio. Sostiene el aire por un momento y lo mira. Es tan hermoso. Tan cálido es como si el sol brillara por medio de Èl.
No le inspira temor, es como si en realidad lo conociera. No siente miedo y este nuevo sentimiento la tranquiliza. Una fresca, pero más fuerte brisa toca todo su ser envolviéndolos ambos en un lejano abrazo.
—¿Estaré muerta?, ¿estaré en coma? o ¿enloquecí?,— se susurra y una sonrisa de aceptación dibuja el apagado y quebrado rostro de la mujer.
Él la mira con cariño. Sabe el huracán que Su Presencia ha traído a su vida. Sabe que esta confundida, que su cabeza y su corazón se encuentra luchando la batalla más desbastadora jamás vista.
Espera allí de pie a dos pasos de ella. La mira. No, no la mira… la contempla. Como quien contempla la pieza más valiosa de la corona.
Se requiere de un amor eterno para pasar de mirar a contemplar. Se mira con los ojos, pero se contempla con el alma.
Es ella la razón de que esté allí y está dispuesto a esperarla un instante más. Un momento más. Una eternidad más. Le brinda la oportunidad de aceptarlo. Es probable que lo rechace. Una vez más.
Es más, su amor por ella. Amor es lo que lo tiene allí de pie, amor es lo que lo hace querer correr para abrazarla. Ese mismo amor que respetar su impetuosa petición de detenerse. Le hace una arriesgada invitación. La conoce bien.
—¿Caminamos? — preguntó.

Caminar era entre otras unas de las cosas que más le gustaban y que más la tranquilizaba cuando no sabía qué hacer. Caminar, era un dulce verso al atribulado soneto de su vida. Caminar era para ella como pasear entre las cuerdas de una guitarra; cada paso era como un acorde. Una nota, como un sabor diferente.
—¡Claro! — responde ella sin pensar.
Al caminar por la playa ella nota que él sonríe sin parar. Tiene una felicidad que nunca había visto, sus ojos brillaban con tal claridad que sentía que podía ver su alma. Sus pasos tan ligeros como si no tocara la arena.
Convencida de que no estaba en peligro, su tormenta más feroz salió de sus labios, —¿estoy muerta?,— él se detiene.
Sintió que el hielo de la muerte la iba tomar del brazo llevándosela de aquel encantador lugar, su respiración se agitó, su mente quedó en blanco.
—No— contestó él con cortesía, sacando las manos de los bolsillos, —¡en realidad espero que hayas enloquecido!— sentándose en la arena, continuó — los cuerdos y sabelotodo no me reciben, creen que no me necesitan—.
Arrodillandose a su lado ella comprende. No está en coma, ni muerta. Fue rescatada. Cayo del abismo y aterrizó en su regazo.
Los dos miran al horizonte donde el amor del cielo y del océano se funde en un afable beso. Ella nota el profundo hueco de las heridas en sus manos, en sus pies, las cicatrices de su frente, de sus piernas y sus brazos. No se ve como un maleante lleno de marcas, se ve como un héroe lleno de honor. Sus lágrimas corrieron al ver con sus propios ojos el amor.
— ¿Sabes?, no lo merezco, es un sacrificio muy alto que no se merece una mujer con mis errores, con mí pasado. Hay personas mucho mejores, yo no tengo lo que se necesita. —suspiro con la cabeza baja
— Tengo heridas muy profundas que no sanarán. Soy demasiado débil, mediocre y estoy cansada. Estoy agotada. Mis pasos son frágiles, mis brazos endebles y mi corazón…— hizo una pausa— tomo fuertemente su collar.
Él la miro con atención, fijando su mirada en sus manos y en lo fuerte que se aferraba al collar. Ella lo apretada como si fuera escapar de sus manos.
El cielo cedía su color azul al ver partir su compañera de oleo despintándose en el horizonte, menguando en un hermoso tono naranja.
Continuará…


