¿QUIERES BAILAR?
Ella se pasa la mano sobre sus ondulados rizos color ámbar. Bailando de puntillas las notas de su cabeza. Su vestido rosado platinado, adornado con cristales por aquí y por allá, brillaba mientras giraba. Dando vueltas sobre sus pies descalzos, no paraba de pensar en el momento en que estaría en sus brazos.
Abrazada a su vestido, daba vueltas una y otra vez…
—¡Ops, me apretaste fuerte! —dijo con algo de enojo y algo de vergüenza.
—No te preocupes, es para las vueltas —le susurró él con voz ronca, provocando en ella un escalofrío.
—Gira, hermosa, gira… —le susurraba.
Quería irse, pero le gustaba la sensación de estar sostenida. Lo complacía.
—No más, por favor, me duelen los pies —titubeó.
—¿Perdón? ¿No más dijiste? Tienes suerte de bailar conmigo. Yo decido lo que hacemos —le dijo mientras la repasaba con su fría y egoísta mirada. Ella tembló.

—Pero… —dudó en continuar— quiero…
Fue interrumpida bruscamente con una última vuelta que la dejó tendida en el suelo.
—Lo que quieres no le importa a nadie —escupió, mientras tomaba a la siguiente bailarina y seguía girando sin más.
—Lo siento… —susurró con voz baja y quebrada, aunque no supo para quién lo decía.
Su vestido estaba ahora gris; se habían caído varios cristales en las bruscas vueltas. Incorporándose, sacudió su vestido. Limpió sus lágrimas y calzo sus pies con unos zapatos bajos, que parecían cómodos.
No sabía si quería bailar, pero sí deseaba sentir la música. Con duda, se ajustó el cinto de su vestido y comenzó a dar suaves pasos a los lados. Se sentía tranquila, pero vacía. Así comenzó a bailar de nuevo: un giro por acá, pasos por allá. Va tomando ritmo y la música empieza.
—Tienes manos lindas —dijo mientras le daba una suave vuelta.
—Las tienes a la orden —contestó él con voz suave y coqueta.
Ella bajó la mirada y se sonrojó.
—Siento que eres especial —decidió confesar con la esperanza de ser amada.
—Tú también eres especial—le acarició los labios y la pegó a su cuerpo.
Ella no se resistió, pero su corazón brincó, no como esperaba, aunque suficiente en ese momento.
—¿Me giras?
—Por supuesto.
Su voz cambió. La repasó de arriba abajo mientras la giraba. La regresó a el de forma elegante después de la vuelta. Su corazón se aceleró; su mano bajaba por su espalda y podía oír cómo caían los cristales de su vestido.
—Puedes subir la mano, estás muy cerca de mis ca…
Su alma se paralizó. Ya no sentía las manos de su pareja. Solo escuchaba su voz.
—¿Dijo “te amo”?
—Me ama —pensó esperanzada, mientras su vestido se deslizaba por su abdomen.
La música ya no sonaba. Buscaba su vestido y a su amado. Él no la miraba, ya no la tocaba.
—¿Quieres bailar?
—Querida, no estoy listo para esto.
Su garganta se cerró. Sus ojos se inundaron.
—Nos amamos, podemos volver a bailar. Solo una vez más… —suplicó.
—No, ya no es lo mismo. Ya no quiero, ya no te amo.
—Ya no eres especial. ¿Ya viste tu vestido? —le giró el rostro mientras la tomaba de la barbilla y le dio un beso seco y frío.
Su alma se congeló. Tomando su vestido, ahora estaba descolorido y gélido.
—¿Qué color es este? —se preguntaba mientras repasaba el vestido con furia—. ¡Horrible vestido, horrible! Ya no vales nada. No eres nada —le gritaba al vestido mientras se lo acomodaba.
—Ahora nunca más bailaré… —lloraba.
La música comenzó a sonar, pero sentada sobre sus rodillas ofrecía su mano para quien deseara sacarla. No importaba quién. No importaba cómo. Solo quería un momento de amor. Muchos la rechazaron. Otros no completaron ni una pieza de baile, solo la usaban. Ella ya no quería bailar, pero los escasos momentos de baile la hacían sentir algo. Siempre terminaba vacía. Su vestido ya no era vestido: eran harapos de donde brotaba ira y tristeza.
—Una última pieza completa y no volveré a bailar —se dijo, apretando el puño contra lo que quedaba de vestido.
—¿Bailas conmigo?

Sin levantar la mirada, se cuestionó a sí misma si lo que escuchó fue una invitación o una imposición. Vio la cicatriz de reojo mientras pensaba: Ahhh… no, detesto las cicatrices.
—Claro —afirmó, mientras observaba sus zapatos lustrados como nuevos, su pantalón negro, elegante. No terminó de mirar cuando notó que él estaba inclinado hacia ella con la mano extendida, lo suficiente para que fuera ella quien tomara la decisión de si la tomaba o no. Lo dudó. Él parecía confiable, pero ya otros le habían parecido confiables. Lo miró a los ojos; nunca había visto ojos así. Casi se perdía entre ellos.
—¿Deseas bailar conmigo esta última pieza? —le sonrió, mientras se inclinaba un poco más, con una mano extendida y su otro brazo detrás de su cuerpo.
—Ehh… sí, ¿por qué no? —tomó su mano. Sintió de inmediato una fuerza inexplicable que la puso de pie de un salto.
—¿Cómo quieres que te tome? —había amor en su pregunta.
—Ah, ¿perdón? —estaba estupefacta—. ¿Cómo quería qué? ¿Qué?
—¿Que comencemos? —le transmitió serenidad.
—Me tomas de la cintura y con los brazos levantados. ¿Podemos tener un poco de espacio?
—Tanto como necesites para que estés cómoda —la sostuvo con ternura.
La música sonó; era una melodía que no había escuchado, le daba paz. Sentía sus manos como ningunas otras. No hablaron por tres canciones. Ella quería seguir, pero sabía que él se iría. Ella quería continuar. La música paró.
—¿Deseas continuar? —le preguntó él mientras la soltaba con delicadeza.
Le sudaban las manos, le palpitaba el corazón, se le secó la garganta. ¿Y si era otra trampa? Bueno, ya no tenía nada más que perder.
—Sería bueno… —casi se quedó sin aire al decirlo. No quería que él notara su horror a no ser suficiente para él.
—No temas, estoy contigo en este baile —su tono era como una brisa suave, pero potente como un huracán.
—¿Puedo guiar ahora? Prometo no lastimarte.
—Claro… —se sintió amparada mientras lo pronunciaba. Hacía mucho no se sentía cierta, y menos en los brazos de un hombre.
Él la tomó con suavidad, pasó su mano por su cintura y con la otra tomó con firmeza su mano maltratada.
—¿Lista? —comenzó la música.
—Creo que sí —la esperanza casi la inundó —Digo, si estoy lista— corrió con vehemencia.
Entre vueltas y pasos comenzó a sentir ligeros sus pies; extrañamente ya no le dolían. Cuando miró hacia abajo, sus zapatos habían cambiado. Nunca había visto algo tan bello, eran unos tacones rosa aurora, con destellos metálicos, con tacón y suela dorada. Destilaban elegancia festiva y un aire coqueto.
Tomándola entre sus brazos. Ella se acomodó; su olor era como ningún otro. Olía a infancia. A presente. A futuro.
De repente su cabello se soltó; sus rizos color ámbar se movían con las notas. Se sintió libre. Algo extraño sintió en su espalda: una cinta ajustaba su cintura.
—¿Seda?
—Solo lo mejor —explicó mientras le daba una vuelta que cambió todo su atuendo.
Cristales aparecieron, colores y colores formaron. Su viejo harapo ahora era el vestido más precioso que había sentido sobre su piel.
Su vestido era voluminoso le daba justo a mitad de las rodillas. Con espalda descubierta en cuadrado y mangas transparentes llenas de fragmentos de luz, abrazada a esta prenda daba vueltas una y otra vez. Una y otra vez.
—Gracias… —sus lágrimas la poseían. No entendía, sin embargo, ahora no quería entender.
Con todo el amor… — su nombre sonó con armonía en su boca. El corazón le brincó al recordar que no se lo había dicho. Pero estaba tan inmersa en este sentir que no le importó.
—¿Por qué? ¿Por qué yo?
—Porque te amamos.
Sus palabras la sumergieron en esa afirmación. La amaba, era todo lo que necesitaba.
—Te amamos —retiró un mechón de su cara.
Ella lo miró. No había notado las cicatrices de su frente; lucían tan bellas. Se sintió amada.
—¡Te creo! —metiéndose entre sus brazos, sintió la salvación.
Y así, la música nunca paró. Su amado nunca la dejó. El amor la salvó.


