Historias y Cuentos

ENCUENTRO – Parte 1 (12 -12)

De repente se vio envuelta por sonidos y aromas desconocidos.

Desconocidos en su realidad. Tal vez; tal vez los conocía de sus memorias no vividas. De sus sueños más deseados. De sus profundos anhelos, sin embargo, nunca lo vivió. 

Allí estaba, rodeada de un cielo azul, tan azul que casi podía ver el universo a través de el. A lo lejos, al final, en lo más profundo del horizonte por fin besaba a su amor más intenso. Ella, indomable, fiel, fuerte y encantadora se dejaba acariciar por lo suave de su ser. Ella, un mar tan abismal como abrazador se encontraban.

No entendió que hacía en este lugar. Se estremeció al ver un amor tan terrenal como divino. De nuevo la acogió el recuerdo y la sensación de un recuerdo no vivido.

Descalza sintió como la suavidad, la calidez y la delicadeza de la arena cubría sus desvestidos pies, deseando abarcar  con sus dedos más de esa arena.

Quería sentir con sus manos tal deleite. Fue en ese momento donde se golpeó con su realidad; no estaba vestida para la ocasión y nunca lo estaría.

La acompañaba una envoltura. Por llamarlo de alguna forma. De colores oscuros y desteñidos y remiendos que intentó recomponer por ella misma. Sin evidente éxito.

Las heridas penetrantes, los fuertes raspones y las marcas que apenas dejaba ver el blanco de su piel. Era como si hubiera sido empujada a un oscuro acantilado de rocas filosas, ­­—­­­¿como si hubiera? — No, de allí cayó. Cuesta abajo.

Empujada por la rabia, la envidia, la ignorancia de quienes la amaban y los que no. Un acto de suicidio inconsciente.

Ella misma se lanzaba al vació. Lanzada por sus temores, sus decisiones, su inmadurez, sus fortalezas, promesas rotas, su vacío… que más vacío y pulsante que el alma de un ser que abraza y se aferra a la ausencia. 

La abraza la ausencia de todo. Esperando que abriera los brazos y la rescatara de la caída. Pero no se encuentra ni ella misma en el descenso y más ciñe con sus brazos a su única compañía. La ausencia y la soledad.

Su alma la arrastra en esta caída libre. Al final se da por vencida y se deja caer. Es tal como debe ser. —No hay marcha atrás— Piensa resignada mientras incontables lágrimas escapan de sus bellos pero fríos, afligidos y melancólicos ojos.

Ya ni sueña con mirar hacia arriba, su taciturna mirada se fija en lo profundo, vasto y gélido del abismo. 

Siente una brisa que la abraza que juega con su descompuesto cabello. Los rayos del sol la acarician secando sus frías lágrimas.

—Tranquila. Se dice mientras siente.

Desconcertada toma fuertemente un collar desteñido de oropel que cuelga de su cuello. Donde está su bien más preciado. Le dijeron que era de oro.

— ¡ja! —  dijo para ella misma sonriendo irónica y dolorosamente al recordar semejantes palabras.

No lograba recordar, ni como, ni donde, ni quien se lo dijo, pero ella ya no lo cree así. Luce como cree que es. Viejo, barato, desgastado, corroído por el óxido de sus palabras. Las que creyó. Son las que tienen ese poder oxidante.

Sucio con un olor casi fétido. Pero seductor. Ese es su olor ya nada puede hacer. Lo aprieta con miedo y cautela. No quiere terminar de romperlo, ya mucho daño a recibido.

Da una cautelosa vuelta rodeando una vez más el lugar con su mirada; se sorprende. Es eso lo que cree que es. La sombra de un hombre.

—¿Cómo no lo vi antes?,— se preguntó quedando atónita.

De espaldas a ella. lo cual no es raro. Siempre fue así. Ella lo mira. Un hombre: pareciera que se mueve con la cálida brisa del lugar.

Camisa blanca fuera del pantalón, pantalones caqui recogidos. Sus pies, sus pies están descalzos. La dulce espuma del mar juega con sus dedos. Sus manos no las puede ver. Las tiene cubiertas en sus bolsillos. Sus brazos son fuertes, velludos, pero no tanto. Lo suficiente piensa ella.

Su cabello extraño pero fascinante, es castaño, rojizo con toques oscuros y rubios, le llega a la mitad del cuello, ondula con el viento. Su tez es canela.

—¡Canela! — piensa, ni blanca ni negra. Es más blanca que negra ¡sonríe! Sólo para ella; su realidad la vuelve a golpear.

Es todo un caballero y ella, ella, ella no sabe qué hacer. Es una mujer andrajosa. Tiene más valor y presencia la pequeña e insignificante roca a su lado.

De nuevo esa voz en su cabeza. Esta vez con una crítica.

—Pero ¿qué haces? — Esta pregunta la descompone por un momento.

Da un paso atrás, quiere correr, pero siente que no puede — ¿o que no debe? — Se pregunta su alma.

Algo inesperado pasa con este pequeño paso hacia atrás. Una voz. ¡Su voz!.

La deja congelada, ella repite las palabras de este hombre en su cabeza:

—¿Me estaba esperando?, ¿a mí? — ni siquiera me ha visto. —Pobre debe estar confundido. Se repite mientras sus ganas de evadirse aumentan. Intenta dar un paso esta vez más largo hacia atrás. Pero el desconcierto y la vergüenza la detienen.

—Si, a ti y no, no estoy confundido. — dice el hombre girando hacia ella.

Dando dos pasos; encaminándose hacia su encuentro. Como nunca nadie lo había hecho. Es como si no le importara lo mal que se ve, lo mal que huele, lo mal que esta. De hecho, no le importa, no es importante, no es por lo que la espera.

Su mirada es tan profunda y acogedora. Como una invitación al amor. Una invitación a SU AMOR. Pero la intimida de tal forma que no sabe qué hacer.

Ella solo quiere huir, pero no puede. Un momento. Esta vez no quiere.

Sus manos, sus manos siempre fueron un problema, nunca supo qué hacer con ellas. No quiere huir, quiere saber quién rompe todos sus esquemas y quebranta su orgullo. — Sí, ¡andrajosa pero orgullosa! — piensa.

Por fin puede detenerse un momento en sus ojos. Sus ojos, de un café con vetas verdes y un brillo dorado. Sin embargo, más que sus ojos, su sonrisa de felicidad es lo que la inquieta. Sonríe como si hubiera encontrado el santo grial. Más valioso, más escondido, el más buscado del mundo.

Él se acerca.

Continuara…

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