ENCUENTRO – PARTE 3
Tomándola de la mano, la levantó. Ella se sonrojó por su atención.
—¿Quieres compartirme algo de tu collar?
—No, en realidad. No por ahora —se lo puso en el cuello.
Él la miró y la invitó a caminar de nuevo.
—Tranquila, cuando quieras.
Ella esbozó una dulce sonrisa. Estaba más serena.
—¿Cómo sabías que era yo? La pregunta le pareció estúpida.
Él la miró dos segundos; fueron suficientes para que ella se enredara un poco con la arena.
—Nunca te he perdido de vista.
Su corazón brincó junto con su estómago. No supo si su respuesta le gustaba o la avergonzaba.
—La pregunta es: ¿cómo sabías que era yo?
Le dio un pequeño empujón con el hombro en señal de complicidad. Ella le devolvió el empujón sin pensarlo, solo se dejó llevar por el juego. El contacto le gustaba.
—Tu voz —pensó un poco más— y tu olor… Puede que no te vea con claridad al principio, pero tu aroma y tu voz me despejan la vista.
Sintió una piedrita en el talón.
—No es que no… —se volvió a detener— es que pierdo de vista tu rostro —suspiró y miró a lo lejos. Las estrellas comenzaban a salir.
Él la contempló con una sonrisa; no quería que la culpa volviera. La tomó con suavidad del brazo y la detuvo.
Ella se paralizó…
Él se agachó y tomó un pequeño cangrejo que estaba escondido en la arena. La hubiera lastimado si él no lo quitaba del camino.
—Eso causan las caídas… Se deja de ver con claridad y se nubla la visión —puso el cangrejo en una pequeña roca; este levantó una tenaza en señal de agradecimiento y se marchó—. Con cada mal paso se puede hacer aún más daño —volvió a su lado.

Ella quedó perpleja al ver la escena. Todo cuadró perfecto para su ejemplo; era fantástico en ello.
—¿Soy el cangrejo? —preguntó, esperando un espejo donde verse.
—No —respondió Jesús, alejando ideas de su mente.
—El cangrejo es el daño que puedes causar por tu ceguera —se pegó aún más a ella— Los pasos son tuyos, las decisiones son tuyas. Los ídolos son tuyos —esto último lo dijo con algo de molestia en su voz.
Ella miró a las estrellas.
—Es mi pecado —se alejó un poco, como si lo fuera a contagiar.
Él la tomó del brazo y la giró hacia él, quedando de frente. Ella lo miró a los ojos, lo cual es casi imposible de resistir por mucho tiempo. Como la sostenía la cautivaba.
—Tanto como quieras. Será tu pecado tanto como quieras —el énfasis la molestó, pero sus brazos la derritieron y la furia se apagó antes de encender su mente completamente.
—Hablas como si lo disfrutara —la insinuación la fastidió.
Él solo guardó silencio y se sentó en una roca con la mirada en el océano ya oscurecido.
—No has comprendido que no quiero —lo dijo con los ojos encendidos en ira—. No sé cómo dejarlo —bajó un poco la voz—. No sé —repitió, ahogando las palabras.
La oscuridad llenó la playa; palmeras adentro se escuchaban las hojas chocar entre sí. La luna estaba llena y el cielo despejado. No parecía merecer una noche tan bella para una confesión tan escalofriante.
Se sentó a su lado y sintió una brisa fría que pasó dejando un aroma distante entre los dos.
Yeshua le puso un chal de lana suave y cálido, de colores llamativos, en los hombros. La miró de frente mientras ajustaba el chal en la parte de adelante. Sus manos se movían con delicadeza pero con firmeza. Varoniles, siempre apacibles. Su cicatriz relucía con cada movimiento. Casi podía sentir el dolor al verlas, aun sabiendo que ni así alcanzaría a saber cómo se sintió.
Sintió la pulsada de nuevo en su corazón. ¿Humillación? ¿Vergüenza? ¿Mancilla? No, eran todas esas y a la vez ninguna; era algo más profundo. ¿Indignidad? ¿Profanación? —Quizás, quizás— cruzó sus dedos y los apretó contra sí misma, queriendo escapar con el dolor de sus pensamientos.
—Vuelvo enseguida —la miró a los ojos y le dio un beso en la frente.
Ella se encogió de hombros como queriendo sostener ese momento para siempre.
—¿Te vas? —quiso preguntar, pero ni una palabra salió de ella. Aún sentía algo de molestia por la insinuación y agonía de sus pensamientos.
—No. Vuelvo enseguida —le repitió mientras tomó sus manos, desenredando los pensamientos que tenía entre ellas.
Él se alejó metiéndose un poco entre los árboles. Ella escuchó crujir las ramas a su paso. Recordó que estaba descalzo y volteó a mirar. Ya se había desaparecido entre los árboles, aunque casi podía verlo. Era como si en realidad no se hubiera ido.
Respiró profundo, conteniendo el aire frío un poco en sus pulmones. Lo soltó despacio sin abrir los ojos. Volvió a respirar, esta vez un poco más profundo, y lo contuvo un poco más.

Casi se ahogó al soltar el aire. Se levantó de golpe buscando la voz que le hablaba.
El cielo se nubló y la luna se ocultó. Las estrellas se opacaron.
—¡Lo disfrutas! —una sombra se movía de un lado para otro. Era una figura con capa completa.
—¡CLARO QUE NO!
—Querida, no tienes por qué gritar, estoy acá —sintió un estremecimiento recorrerla. Dio un par de pasos y giró buscándolo. Su voz era ligera y carrasposa; arrastraba las palabras con paciencia. No tenía prisa, se haría escuchar.
—¡Le dije que no! —giró varias veces.
—¿A quién le mientes, querida? —se movió detrás de ella y le sopló la nuca. El aliento le dio náuseas.
—Claro que lo disfrutas, te retuerces de gusto.
Ella lloró de ira y frustración al pensar en eso.
—¡CLARO QUE NO! —repitió con asco—. Lo odio —respiró profundo—. Odio mi pecado.
—¿Entonces por qué lo haces? —se movió entre la arena—. No solo te gusta, lo buscas.
—Porque, por… —sus palabras tropezaron con sus recuerdos— ¡basta!
—Tu cuerpo quiere más. Tus manos quieren más. Tu mente grita por más —giraba alrededor de ella mientras. Se hundía en asco y repudio hacia sí misma—. Toda tú eres un manojo de deseo incesante, mi querida.
Cayendo de rodillas, soltó el chal. Sintió cómo le fue arrancado de la espalda, dejándola al descubierto, su alma.
La sombra la cubrió, casi fundiéndose con ella. Oscureció por completo sus ojos claros. Casi apagando la vida en su ser. La piel se le puso helada, aun con el calor de la noche.
Enterrando sus garras en ella, la fue arrastrando al agua. Ella ya no veía. Ya no escuchaba. Ya no sentía.
Solo percibía la sombra a su alrededor, con su olor nauseabundo, sus garras incrustadas en su mente y sus ojos clavados en los de ella, mientras una y mil voces le repetían lo bueno que era volver a hacerlo.
Repetían en ella emociones y sensaciones de satisfacción mientras sus pies caminaban y sus piernas se hundían en agua y placer.
Todo el cuerpo se le estremeció; sintió que tragó una bocanada de agua salada que la hundió. Cuando logró sacar la cabeza un poco a flote, las mil y una voces le repetían lo asquerosa que era por repetirlo. Lo repugnante que toda ella era… Las sombras la sepultaban con sus palabras.
La penumbra la dejaba respirar un poco solo para repetirle su himno al oído.
—No vales la pena.
—No vas a salir de acá —se movía entre el agua, tomándola de los tobillos y hundiéndola un poco más.
—Lucha, linda, lucha —se carcajeaba al ver cómo agitaba sus brazos con fuerza.
—Ja, ja, ja, ja… eres mía, siempre lo serás.
Sus palabras, cantadas a mil voces, se escuchaban por toda la profundidad del mar.
Tragó una bocanada de agua que le quemó la garganta.
—¿Y si me dejo ir ya?— Una parte de ella quería morir, pero otra aún creía que podría salir viva de este mal.
Luchó logrando soltar sus pies de sus garras. Movió sus brazos tanto como pudo. Soltó todo el aire que tenía al ver una pequeña estela de luz… Al sacar la cabeza a flote, una ola inmensa la volvió a hundir, quitándole la oportunidad de recargar sus pulmones.
—Ya deja de luchar, incesante mujer —las voces se fundieron en un eco gutural que vibró bajo el agua.
Sintió cómo le rasgó la pierna.
—Solo un poco más… El aire se le acabó…
—Solo un poco más… Dio una patada fuerte y una brazada potente que la catapultó fuera de su alcance…
—Solo un poco más… Sintió cómo sus pulmones se vaciaban mientras tocaba el viento con sus dedos.
Una mano robusta la tomó de un halón…


